sábado

wiski térror -El viaje-

Ese fue el principio. Durante los primeros minutos del recorrido me había puesto muy nerviosa, empaniquizé. Después el viaje se hizo mas largo y el ambiente no virulento del auto me llevó a la calma, o inercia. Empecé a pensar como un problema matemático, los posibles destinos, las posibles huidas, probabilidades y costos. Ya andábamos por las callecitas de algún barrio profundo de la capital, me esforcé por retener todo lo que veía, de seguro nos acercábamos a algún lugar de destino. Empezamos a bajar la velocidad y las neuronas se me pusieron en modo urgencia, como preparadas para una rápida acción eventual. También preparé disimuladamente la garganta como mi segunda arma. Lamentablemente no usé ninguna, cuando llegamos fue todo tan trivial y tranquilo que me invadió un tremendo miedo a la excepción. No grité y ayudé a subir a la vereda a dos de los viejitos. Estaba segura de que debajo de esos sacones abrigados cada uno tenía un arma o algún elemento capaz de hacerme morir.

Miré la fachada de la casa más para ver donde entraba que para recordar alguna cosa, era una común casa de viejos de barrios capitalinos. Mientras entraba pensé que lo que estaba pensando no parecía usual: Esperando una interminable jornada densa y tenebrosa, sentí que todo podía ser más fugaz y deleitable.

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Entramos en un cuarto muy chiquito, con una mesa redonda y un mostradorcito, parecía ser una vieja tiendita o barcito, pisos y paredes con lonjas de madera, horroroso. De repente cada viejo se puso a hacer alguna cosa, como si cada uno tuviera su papel o su tareita asignada, todo dentro de ese cuartito. A través de las lonjas espantosas de la pared se veía mucha luz azul del otro lado, fuerte, y se escuchaba como a ratas, o como personas tratando de disimular sus movimientos. Mi estado mental intermitía entre vividez plena y zombismo. La señora de sacón rojo, la viejita que en el auto iba adelante, parecía tener cierto control de la situación. Ella me entregó una hoja escrita diciendo “tenés que darme todo esto”, y me dió un número de rifa marrón. La agarré y me senté a esperar en la única silla que había por fuera de la mesa. La hoja tenía una lista, la lista enlistaba cosas.


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